Un Mensaje de Esperanza para Cuba: Pilares de Paz y Desarrollo Humano Integral
Hemos escuchado la Palabra de Dios que la liturgia nos ofrece este viernes de la sexta semana de Pascua, una Palabra impregnada de perseverancia y esperanza. En el pasaje de los Hechos de los Apóstoles, vemos a Pablo fatigado, probado y enfrentado a la incomprensión y el rechazo. Sin embargo, el Señor le dice: “No temas; sigue hablando y no calles”. Es una palabra que sostiene el corazón del creyente en los tiempos difíciles de la historia, una palabra que preserva la confianza cuando todo parece frágil y precario.
En el Evangelio según San Juan, hemos escuchado otra imagen poderosa: la de la mujer que sufre los dolores del parto y que luego, al nacer el niño, experimenta una nueva alegría, capaz de transfigurar el dolor que ha soportado. Jesús habla así a sus discípulos para prepararlos para el tiempo de prueba, enseñándoles que el sufrimiento de la historia no es ajeno a la obra de Dios y que todo auténtico camino humano hacia la paz y la justicia requiere paciencia, discernimiento y coraje espiritual. Esta profunda reflexión fue parte de la homilía pronunciada por el Cardenal Michael Czerny, S.J., Prefecto del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, durante la Misa por la Paz y el Desarrollo Social en Cuba, celebrada el 15 de mayo de 2026 en la Iglesia de San Ignacio de Loyola en Roma.
Cimientos Morales y Espirituales para una Paz Duradera
Queridos hermanos y hermanas, estimados representantes institucionales, embajadores y autoridades aquí presentes, esta tarde traemos ante el altar del Señor los sufrimientos, las esperanzas y las expectativas del pueblo cubano. Lo hacemos con respeto, con sinceridad, con profundo afecto por una tierra que atesora una historia rica en dignidad, cultura, sacrificio, fe y resiliencia.
La Doctrina Social de la Iglesia nos recuerda claramente que la verdadera paz se fundamenta en pilares morales y espirituales, incluso antes que políticos o económicos. En “Pacem in Terris”, San Juan XXIII identificó la verdad, la justicia, la libertad y el amor como las condiciones indispensables para una forma de coexistencia humana digna de la persona. Estas palabras conservan un poder extraordinario incluso en nuestro tiempo:
- La justicia exige una atención concreta a quienes más sufren.
- La libertad demanda oportunidades reales de participación, escucha y corresponsabilidad.
- La verdad se convierte en una forma de diálogo sincero, capaz de superar la propaganda, el endurecimiento de actitudes y la desconfianza mutua.
- El amor abre el camino a la solidaridad, al compartir bienes materiales, culturales y espirituales entre los pueblos.
Superando la Confrontación: El Camino del Diálogo y la Cooperación
Desde esta perspectiva, cualquier lógica de confrontación constante corre el riesgo de exacerbar la carga que ya pesa sobre la gente común, especialmente los más pobres, los ancianos, los enfermos y los niños. El Papa León XIV, en sus recientes llamamientos a la comunidad internacional, nos ha recordado que ningún orden estable puede surgir de la fuerza de las armas o de presiones que humillan a los pueblos; el desarrollo humano, por el contrario, crece a través del diálogo, el derecho internacional, la cooperación entre naciones y la salvaguardia de la dignidad de cada ser humano. En el mismo espíritu, la ayuda humanitaria debe llegar en cantidades suficientes y sin obstáculos, y nunca debe ser explotada con fines políticos o geopolíticos.
La Persona en el Centro: Ecos de Francisco y Juan Pablo II
Durante su viaje apostólico a Cuba en 2015, el Papa Francisco también enfatizó, en su histórica homilía en la Plaza de la Revolución de La Habana, la urgente necesidad de colocar a la persona concreta en el centro de la vida social y política, especialmente a los vulnerables, los heridos y los pobres. Él afirmó que el servicio «nunca es ideológico», porque surge de una atención genuina al rostro del otro; «no necesitamos ideas, sino personas». Esas palabras siguen siendo de gran relevancia hoy.
El llamamiento de San Juan Pablo II aún resuena con intensidad profética: “Que el mundo se abra a Cuba, y que Cuba se abra al mundo”. No fue un eslogan político. Fue una invitación espiritual y humana a derribar muros de incomprensión, a crear espacios de confianza mutua y a permitir que los pueblos se encuentren sin miedo.
La Oración como Fuente de Alegría y Fraternidad
Estamos aquí esta noche sobre todo para rezar. Dentro de poco, la Eucaristía hará presente el sacrificio pascual de Cristo, el Señor crucificado y resucitado que lleva en sí el sufrimiento de los pueblos y las heridas de la historia. Ante Él encomendamos a las familias cubanas, a los jóvenes en busca de esperanza, a quienes ocupan posiciones de autoridad, a quienes sufren y a quienes esperan días más pacíficos.
El Evangelio nos ofrece una promesa: “Vuestra tristeza se convertirá en alegría”. Esta no es una promesa ingenua. Es la certeza cristiana de que Dios sigue obrando en la historia humana incluso cuando prevalecen la oscuridad y la confusión. El Espíritu Santo continúa suscitando hombres y mujeres capaces de construir fraternidad, reconciliación y caminos de paz.
Hacia un Futuro de Serenidad y Esperanza para Cuba
Oremos, entonces, para que la amada tierra de Cuba conozca días de mayor serenidad, de auténtico desarrollo humano y social, de armonía y esperanza. Oremos para que toda decisión política, económica e internacional sea guiada por la sabiduría, la prudencia y una sincera búsqueda del bien de todas las personas. Oremos para que el Señor vuelva los corazones de hombres y mujeres hacia la hermandad universal.
Y pedimos a la Virgen de la Caridad del Cobre, tan querida por el pueblo cubano, que acompañe el camino de esta nación con su protección maternal y vele por todos sus hijos en paz.
DnG
