Tras un mes de intenso conteo, el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) de Perú ha confirmado a Keiko Fujimori y Roberto Sánchez como los contendientes que se enfrentarán el próximo 7 de junio en la segunda vuelta presidencial de Perú. Este balotaje decisivo definirá el futuro de una nación marcada por la inestabilidad política.
La candidata de derecha, Keiko Fujimori, líder de Fuerza Popular, aseguró su pase con un 17,92% de los votos (2.877.678). Por su parte, el representante de la izquierda, Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, obtuvo un 12,039% (2.015.114 votos), superando por un estrecho margen al conservador Rafael López Aliaga, quien quedó fuera de la contienda con un 11,90%.
Roberto Burneo, presidente del JNE, ha sido enfático: «Las decisiones ya están tomadas y son inapelables, no va a cambiar en nada cualquier pedido sobre las decisiones que ya hemos tomado como pleno», cerrando la puerta a cualquier impugnación.
La primera vuelta, celebrada el 12 de abril, estuvo plagada de desafíos logísticos y una inédita fragmentación del voto. Más de 30 candidaturas compitieron, y ninguna logró superar el 20%, reflejando la diversidad y la polarización del electorado peruano.
El próximo líder de Perú enfrentará un panorama complejo: una desconfianza institucional profunda, nueve presidentes en una década, y el azote de la inseguridad ciudadana y el crimen organizado. Además, deberá navegar un Congreso bicameral, restaurado en 2024, que conserva la potente figura de la vacancia presidencial, augurando un futuro de constantes desafíos para la gobernabilidad en Perú.
Keiko Fujimori: La Heredera del Fujimorismo en su Cuarta Búsqueda Presidencial

La tenacidad es innegable en Keiko Fujimori. Tras tres intentos fallidos, la líder de Fuerza Popular compite por cuarta vez consecutiva en una segunda vuelta presidencial. En un panorama político peruano marcado por escándalos de corrupción y una alta rotación de líderes, Keiko se ha mantenido como una figura central.
Su propia trayectoria no ha estado exenta de controversias, incluyendo acusaciones de lavado de activos en el caso Odebrecht, que la llevaron a prisión preventiva. Sin embargo, el Tribunal Constitucional archivó su caso, abriéndole la puerta a esta nueva candidatura.
En su campaña, Fujimori ha capitalizado el descontento ciudadano con la inseguridad y la corrupción, reivindicando el polémico legado de su padre, Alberto Fujimori. Con el lema «Vuelve el Orden», busca evocar la imagen de un líder fuerte que, en la década de 1990, estabilizó el país frente a la crisis económica y la violencia de Sendero Luminoso. No obstante, el legado de Alberto Fujimori también evoca división, recordando violaciones a los derechos humanos y recortes económicos severos. Su apellido, aunque un activo político, es también su mayor lastre.

Nacida en 1975, Keiko asumió el rol de primera dama a temprana edad tras la separación de sus padres, lo que la expuso al escrutinio público desde joven. Tras formarse en Administración de Empresas en EE.UU., se sumergió en la política peruana, siendo elegida congresista en 2006. Desde 2011, ha sido una constante en las elecciones presidenciales de Perú, llegando al balotaje en tres ocasiones anteriores y perdiendo frente a presidentes que no concluyeron sus mandatos.
Su liderazgo dentro del fujimorismo ha sido indiscutible, incluso a costa de relaciones familiares complejas. Tras el fallecimiento de su padre en 2024, esta es la primera vez que Fujimori se postula, buscando capitalizar el anhelo de «mano dura» ante la crisis actual. Sus propuestas incluyen la construcción de megacárceles y la retirada de Perú de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, reflejando una postura de seguridad firme. La nación espera saber si su persistencia finalmente la llevará a la presidencia.
Roberto Sánchez: El Inesperado Contendiente y Sobreviviente de la Era Castillo

Contra todo pronóstico, Roberto Sánchez Palomino ha emergido como el segundo contendiente, un «superviviente» del turbulento gobierno del expresidente Pedro Castillo. Aunque las encuestas lo daban por rezagado, el candidato de Juntos por el Perú capitalizó la fragmentación electoral y el descontento regional.
Originario de Huaral (1969) y psicólogo de profesión, Sánchez transformó su anterior rol como ministro de Turismo y Comercio Exterior –siendo el único en resistir los constantes cambios de gabinete de Castillo– de un potencial lastre en un valioso activo político. No dudó en reivindicar su vínculo con el gobierno de Castillo, incluso adoptando el icónico sombrero de campesino, símbolo del Perú rural y serrano, para conectar con su electorado.
Esta estrategia le permitió consolidar el apoyo de importantes sectores que llevaron a Castillo al poder, especialmente en el sur del país. Esta región, profundamente afectada por la violencia tras la caída de Castillo, alberga un fuerte resentimiento hacia la clase política limeña, un sentimiento que Sánchez ha sabido canalizar.

La serenidad y el tono conciliador de Sánchez, en contraste con la crispación generalizada, le permitieron maniobrar hábilmente durante la crisis. A diferencia de otros exministros, evitó responsabilidades judiciales por el intento fallido de Castillo de disolver el Congreso en diciembre de 2022. Su renuncia tras el anuncio de Castillo y su abstención en la votación de destitución fueron vistas como una calculada distancia para no sucumbir con el exmandatario.
Sorprendentemente, Pedro Castillo no guarda rencor, incluso pidiendo el voto por Sánchez desde prisión. Este apoyo, sumado a la habilidad del candidato para capitalizar el descontento de las regiones rurales con el destino de Castillo, subraya lo que Ramiro Escobar, analista político de la PUCP, señala: «El pase de Sánchez a la segunda vuelta muestra que los círculos políticos de Lima siguen sin entender la magnitud del malestar en las regiones».
DnG
