La Odisea de Christopher Nolan: La Épica Reimaginada y el Retorno Inevitable
De la guerra nunca se vuelve. Esta profunda reflexión es la que nos presenta Christopher Nolan casi tres horas después del inicio de La Odisea, su grandiosa epopeya griega, considerada ya la epopeya cumbre de su carrera. ¿Qué más le queda por conquistar al director más influyente de su generación, al ganador del Oscar a Mejor director por Oppenheimer, al maestro que ha dislocado el espacio, el tiempo y el subconsciente en obras como Origen (2010) o Tenet (2020)? ¿Qué más para quien elevó el cómic a un arte serio, quien ha manejado los presupuestos más colosales, a quien ningún actor se le niega, y quien ha forjado la imagen del cineasta comercial más intelectual de todos los tiempos? Solo le quedaba a Nolan el desafío de medirse con los narradores más grandes de la historia, no solo del cine. Nolan reinterpreta a Homero, cuya Odisea encapsula todo lo que más fascina al director británico-estadounidense: héroes, gestas épicas, recuerdos fragmentados, intrincados artilugios y la inmensidad de la eternidad.
Tráiler de ‘La Odisea’ (Christopher Nolan)
El Crudo Regreso y la Ambición de Nolan
De la guerra nunca se vuelve, aun si el cuerpo regresa, porque quien lo hace es un ser transformado, roto en su humanidad por las atrocidades vividas o perpetradas. «Vienen tiempos oscuros», advierten Nolan y Odiseo (Matt Damon), «pero nuestra civilización resurgirá», prometen, como un oráculo ante las inquietudes contemporáneas. Aquí Nolan se vuelve aún más trascendente, empeñado en esculpir su propio pedestal como el director más esencial, espectacular y profundo de la historia del cine. Sin embargo, en su ambición desmedida por narrar la totalidad de La Odisea, La Telemaquia y la guerra de Troya, Nolan entrega en muchos momentos lo que parece ser un tráiler vertiginoso que narra sin lograr crecimiento emocional, y donde las caras más reconocidas de Hollywood desfilan como en una pasarela, una tras otra, con escaso desarrollo de personaje.
Espectáculo Visual vs. Profundidad Narrativa en la Odisea de Nolan
La Odisea es, sin duda, un espectáculo que entretiene, ya que la cinematografía es apabullante. Soldados en constante huida: de monstruos, de deidades, de hombres armados, de las olas del mar, de los cantos de sirena y de mujeres protectoras. Pero, sobre todo, huyendo de sí mismos. Como se lamenta el propio Zeus en el primer canto de La Odisea, «¡Ay, cómo culpan los mortales sin cesar a los dioses, achacándonos todos sus males! Y son ellos mismos quienes, por sus propias locuras, se atraen excesivas penas». En la epopeya de Nolan hay acción ininterrumpida, quizá demasiada —especialmente en la primera mitad—, como una sucesión de situaciones que dejan a los protagonistas con poco más que un recuento de muertos. Menos de un minuto después del inicio, el primer caído ya está en pantalla.
Un Montaje Fragmentado: De Troya al Hades
La Odisea arranca con el mito del caballo de Troya, el regalo envenenado de los griegos a los troyanos. También comienza con un poeta, quien parece ser el narrador principal, pero que pronto se revela como un mero apunte en la historia dentro de la historia. Nolan salta sin tregua de un tiempo a otro, del pasado al presente y al futuro, jugando también con los puntos de vista. La historia se completa a retazos hasta la revelación final: quiénes son esos hombres del mar a quienes todos, incluso en Ítaca, temen. Muchas secuencias se cortan abruptamente; no hay inicio, nudo y desenlace, sino pequeñas descargas de adrenalina que tejen un montaje fragmentado. Todo sugiere una profusa edición y un intento de insuflar un ritmo diferente al que la historia demanda. Tantos personajes y sucesos requerirían, sin duda, mucho más tiempo para ser contados con la profundidad necesaria.
Comparativa con Otras Adaptaciones Homéricas
La Odisea de Nolan se sitúa en el extremo opuesto de otras adaptaciones del mito homérico, como la más reciente El regreso de Ulises (2024), de Uberto Pasolini, con Ralph Fiennes y Juliette Binoche, una producción europea que tampoco logra un tono acorde con los cantos, aquejada por un presupuesto demasiado exiguo y un director sin una voz distintiva. Tampoco es el producto «palomitero» de Troya (2004), aquel derroche de sex symbols y ligereza con Brad Pitt como Aquiles. Es cierto que el interés de Nolan reside en el espectáculo puro: las tormentas que destrozan las velas de los barcos itacenses, la sangre y el fuego que asolan Troya, el cíclope Polifemo que devora las cabezas de los soldados como si fueran gambas. Pero también es innegable que se toma su cometido con la mayor seriedad posible.
Un Odiseo Marcado por la Amnesia y el Recuerdo Fragmentado
En la Odisea de Nolan no es un aedo —el bardo griego— quien narra la historia del héroe, sino el propio Odiseo —como ocurre en los textos atribuidos a Homero a partir del canto IX— quien intenta reconstruir su periplo, aquejado de una amnesia inducida por el consumo de las flores de loto que le ofrece Calipso (Charlize Theron). Sin embargo, existe cierto desfase entre lo que el protagonista recuerda de sí mismo y lo que la propia película ya ha revelado.
Antes de que Odiseo lo rememore, el espectador ya sabe que este es el rey legítimo de Ítaca, que partió hace veinte años a la guerra de Troya siguiendo a Agamenón (Benny Safdie), rey de Micenas y comandante en jefe de la expedición contra los troyanos. El espectador también sabe —y no Odiseo todavía— que tiene un hijo llamado Telémaco y una esposa llamada Penélope. Telémaco intenta proteger a duras penas a su madre de los nuevos pretendientes que buscan el trono de Ítaca, mientras ella prolonga la decisión tejiendo y destejiendo un sudario.
Elenco Estelar: Aciertos y Desaciertos en el Casting de La Odisea
A Telémaco le da vida Tom Holland, lo que representa un gran error de casting, ya que el propio personaje insiste en que aún es «menor de edad» —de ahí su inexperiencia e impaciencia— y, al ser interpretado por un actor treintañero, parece más bien un personaje infantilizado y falto de inteligencia, más que un joven inmaduro que ha crecido a la sombra de la heroicidad de su padre. A Penélope la interpreta una Anne Hathaway muy compungida, cuyo personaje sí posee una evolución y un arco, algo que no puede decirse de la mayoría de los secundarios, como el Antínoo de Robert Pattinson, a quien solo le da tiempo a apretar los dientes y poner mirada aviesa; la Melanto de Mia Goth, la sirvienta de Penélope, apenas un esbozo en los márgenes; o la Calipso de Charlize Theron, que simplemente sirve para alimentar y preguntar a Odiseo, poco más. O Zendaya, que aparece en pantalla menos de un minuto, en el papel de la diosa Atenea. También se desea conocer mejor al personaje de Euríloco, el segundo al mando de Odiseo, interpretado por Himesh Patel.
Al reparto se suman Lupita Nyong’o como Helena de Troya, a quien culpan de provocar la guerra; Elliot Page como el soldado Sinón, quien entrega el caballo a los troyanos como ofrenda a la diosa Atenea; o John Leguizamo como Eumeo, el criado de Odiseo, otra elección de casting inexplicable. Tampoco resulta del todo convincente Matt Damon como protagonista, no como un Odiseo cansado y sabio, «con la mirada de Atenea» que tanto repiten a lo largo de la película, sino más bien como un héroe de acción musculado, preparado para el cuerpo a cuerpo, que es cuando más parece disfrutar el director de su película.
La Estética de Nolan: Belleza Visual y Sonido Audaz
Odiseo no llega a Ítaca, pero tampoco la emoción llega plenamente al film. Donde mejor se desenvuelve Nolan es en las principales pruebas de Odiseo, como su llegada al Hades o la espera dentro del caballo. Donde más flaquea la película es en las relaciones entre los personajes; el exceso, como en mucho cine de Marvel, es el enemigo. Sin embargo, siempre encontramos los bellísimos paisajes griegos, retratados en 70 mm por Hoyte van Hoytema, el director de fotografía de cabecera de Nolan, y la música electrónica de Ludwig Goransson, una propuesta arriesgada pero con personalidad, a contrapelo de la orquestación esperada, y que por inusual funciona.
«La Odisea»: Un Evento Cinematográfico con Sombras y Expectativas
La Odisea será una de las películas del año, pero no necesariamente de las más destacadas en la filmografía de Nolan. Una película que adolece de la ansiedad contemporánea, una película bulímica, con una ambición desmedida en tamaño, pero no en profundidad narrativa. Una película-evento, una película-conversación, una película pantagruélica como los banquetes de la victoria, pero a menudo insípida; un esfuerzo colectivo sobrehumano que a lo único que no puede imponerse es a las expectativas: las del mercado, las del público y las del propio Nolan.
De la guerra nunca se vuelve. Es lo que nos explica Christopher Nolan casi tres horas después del arranque de La Odisea, la gran epopeya griega, la gran epopeya de su carrera. ¿Qué le queda por hacer al director con más músculo de su generación, al ganador del Oscar a Mejor director por Oppenheimer, a quien ha desdoblado el espacio y el tiempo y el subconsciente en películas como Origen (2010) o Tenet (2020), a quien ha hecho del cómic un asunto muy serio, a quien ha logrado los presupuestos más ingentes, a quien ningún actor le niega, a quien se ha labrado la imagen del director comercial más sesudo de todos los tiempos? Sólo le quedaba a Nolan retarse con los grandes narradores, no del cine, sino de la historia. Nolan versiona a Homero, que en La Odisea contiene todo lo que más le interesa al cineasta británicoestadounidense: héroes, épica, recuerdos fragmentados, artilugios complejos y eternidad.
DnG
