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Malvinas: Causa nacional

Equipo ClickDirecto

La semifinal del Mundial entre Argentina e Inglaterra fue escenario de una sorpresa. Al finalizar el partido, varios jugadores argentinos exhibieron una bandera con la inscripción «Las Malvinas son argentinas». Este gesto resultó inesperado en una selección que, en los últimos años, se había mostrado apática políticamente o, en contadas ocasiones, abiertamente derechista.

Los jugadores desafiaron una explícita prohibición de la FIFA, que impedía símbolos de Malvinas, medida incluso respaldada por el gobierno ultraderechista argentino. Javier Milei, quien aspiraba a capitalizar el éxito deportivo, se sintió incómodo con este giro político. Tras ver la bandera, calificó a los futbolistas de «mononeuronales», en una reacción que muestra su habitual desmesura.

Aun conscientes de posibles sanciones de la FIFA, los jugadores entendieron algo fundamental: ante Inglaterra, Malvinas conectaba con un profundo sentimiento popular que excedía el fútbol y el evento deportivo.

Jugadores argentinos con la bandera Las Malvinas son argentinas tras la semifinal del Mundial

Frente a esto, Bhaskar Sunkara, fundador de Jacobin en Estados Unidos, argumentó que «Las Malvinas son argentinas» había sido una consigna de la dictadura militar, usada para salvarse con una aventura irredentista. Señaló la ausencia de población nativa desplazada, viendo la disputa como entre dos estados coloniales, y abogó por respetar la voluntad de los isleños, alertando a la izquierda sobre el riesgo de nacionalismos innecesarios.

Las respuestas argentinas fueron inmediatas, masivas y a menudo agresivas. Muchas no solo cuestionaron su interpretación de Malvinas, sino que negaron la existencia de una izquierda real en Estados Unidos o Europa, considerándola un instrumento del imperialismo (sea apéndice del Partido Demócrata o prolongación de la CIA). Esta reacción, que analizaremos más adelante, revela un problema distinto pero complementario al error de Bhaskar, y exige primero establecer los elementos clave del reclamo argentino.

Una cuestión colonial: el corazón del reclamo argentino

El error de interpretación de Bhaskar y la historia de Malvinas

La postura de Bhaskar parte de una interpretación errónea sobre el reclamo argentino. En 1833, el Reino Unido ocupó las islas por la fuerza, expulsando a las autoridades y a la población establecida bajo la jurisdicción de Buenos Aires, e instauró una administración colonial que Argentina nunca reconoció. Desde 1965, la ONU misma considera el caso como pendiente de descolonización, sin reconocer a los kelpers (isleños) como un pueblo con derecho a dirimir el diferendo mediante la autodeterminación.

Los kelpers no son población originaria, sino una comunidad constituida y moldeada por la potencia ocupante. Aceptar el resultado demográfico de la colonización como base de soberanía equivaldría a legitimar el hecho colonial. La guerra criminal de 1982 no creó ni anuló el reclamo argentino; solo permitió que la dictadura intentara apropiarse de una causa que la precedía.

Malvinas no es una reliquia cartográfica. Es un enclave militar británico estratégico en el Atlántico Sur. El complejo de Mount Pleasant, parte del dispositivo de la OTAN, aloja infraestructura aérea, naval y terrestre, facilitando la proyección británica sobre el Atlántico Sur y el acceso a la Antártida.

El control territorial también permite administrar valiosos recursos pesqueros, marítimos e hidrocarburíferos. Así, la Cuestión Malvinas combina territorio, poder militar, recursos y posición estratégica. No es solo una disputa decimonónica, sino una relación colonial aún vigente.

Más allá de estos hechos, Malvinas ocupa un lugar singular en la cultura política argentina. A diferencia de otras controversias, ha trascendido gobiernos, generaciones y clivajes políticos. Ha dejado de ser solo un territorio ocupado para condensar múltiples demandas insatisfechas, articuladas en la aspiración a una soberanía nacional aún incompleta.

La cuestión nacional y el socialismo: un debate pendiente

El rol de la nación en un proyecto emancipador

El interés de Malvinas va más allá del litigio territorial, obligándonos a reflexionar sobre una cuestión insuficientemente explorada por la política socialista: el significado actual de la nación y las demandas nacionales para un proyecto emancipador.

Durante gran parte del siglo XX, la nación fue central en el marxismo (Lenin, Rosa Luxemburgo, Gramsci, teorías anticoloniales), concebida como una realidad política ineludible. Sin embargo, este debate se fue eclipsando.

La nación no posee un contenido político prefijado. No actúa ni habla por sí misma; son fuerzas sociales quienes la representan, disputando su significado e intentando identificar sus intereses con los del conjunto. No es un sujeto homogéneo, sino el terreno de una lucha por definir el interés general.

Otto Bauer definió la nación como una «comunidad de carácter» forjada históricamente por una «comunidad de destino», priorizando la historia material sobre la naturaleza. Es el sedimento de una experiencia compartida, donde grupos diversos, unidos por sus condiciones materiales, forjan cultura y un destino entrelazado.

La nación, más que una identidad cultural, es la forma histórica que adopta la aspiración al autogobierno democrático. La globalización no ha alterado este hecho fundamental: derechos, ciudadanía, política, impuestos y conflictos distributivos se organizan, esencialmente, dentro de comunidades nacionales. No es el horizonte final de la emancipación, pero sigue siendo la principal escala para que las sociedades busquen gobernarse.

Gramsci trasladó la discusión de la identidad nacional a la hegemonía. La clave no es lo que la nación expresa, sino qué fuerza logra construir una voluntad colectiva que se presente como nacional. Lo nacional-popular designa cómo intereses particulares se transforman en un proyecto de organización social. La nación es una construcción política, no una tradición estática.

Por ello, es un error imperdonable ceder el patriotismo a la derecha, como señala Jacopo Custodi. Abandonar el terreno nacional permite a otros definir la pertenencia común en términos étnicos, autoritarios o excluyentes. El riesgo es mayor hoy, cuando la nación conserva una interpelación que otras identidades han perdido.

Malvinas adquiere así un significado profundo. No es solo la restitución de islas; condensa la aspiración de una comunidad política a la autodeterminación colectiva. Su persistencia refleja la percepción histórica de que las decisiones fundamentales del país se toman, con frecuencia, fuera de él. Gramscianamente, este «buen sentido» ofrece un punto de apoyo para una política socialista, aunque las decisiones antipopulares también provengan de una clase dominante local.

El imperialismo después de Lenin: una visión actualizada

Malvinas y la relación desigual entre potencias y periferias

La relevancia de Malvinas nos lleva a la relación desigual entre una potencia militar colonial y una sociedad periférica. La teoría clásica del imperialismo (Hilferding, Bujarin, Lenin) acertó al señalar la jerarquía de Estados en el capitalismo global, pero hoy resulta insuficiente. La competencia no desapareció, la exportación de capital no implica estancamiento de la periferia, el capitalismo no se agotó, y las rivalidades no siempre derivan en guerras directas. Estas limitaciones llevaron a marxistas a cuestionar la categoría de imperialismo. Pero las debilidades clásicas no significan su fin, sino la necesidad de repensarlo, articulando expansión capitalista y sistema desigual de Estados.

David Harvey propuso distinguir la lógica de la acumulación capitalista (beneficios, mercados) de la lógica territorial de los Estados (control estratégico, seguridad geopolítica). El imperialismo es su intersección inestable. Una teoría actualizada debe conservar la intuición de Lenin, reconociendo que ambas lógicas tienen orígenes distintos y no son idénticas. La expansión territorial es anterior al capitalismo, mientras la acumulación burguesa responde a la rentabilidad. El imperialismo, entonces, designa la articulación variable entre expansión global del capital y competencia dentro de un sistema desigual de Estados.

Malvinas evidencia esta articulación. El enclave militar británico y su proyección sobre el Atlántico Sur y la Antártida obedecen a una lógica geopolítica; el control de recursos pesqueros, marítimos e hidrocarburíferos, a una de acumulación. La ocupación persiste porque estas dos dimensiones se refuerzan mutuamente.

El falso antiimperialismo: la izquierda frente a la derecha nacionalista

Cuestionando la negación de una izquierda genuina en el centro

Las reacciones al comentario de Bhaskar también revelaron un problema inverso: una vieja tesis del nacionalismo conservador argentino que postula la inexistencia de una izquierda verdadera en los países centrales, considerándolas meras variantes del imperialismo.

Esta tesis carece de sustento histórico. Desde el siglo XIX, las clases trabajadoras de Europa y Estados Unidos han construido sindicatos, partidos socialistas, organizaciones comunistas y movimientos contra la guerra y el colonialismo. Grandes campañas de solidaridad internacional, desde Irak hasta Palestina, han surgido en esas sociedades contra sus propios gobiernos.

Detrás de esta negación supuestamente antiimperialista, reaparece un tópico: izquierda y derecha serían categorías «extranjeras» para la singularidad argentina. Esta «excepcionalidad» recicla el anticomunismo de la derecha nacionalista: el marxismo como doctrina importada y la convicción de que la izquierda del centro es expresión del imperialismo. Es paradójico: se niega la izquierda en EE. UU. o Europa, y se termina cuestionando la distinción misma entre izquierda y derecha. Negar una izquierda auténtica en el centro es negar la izquierda en sí, vaciando el antiimperialismo, que requiere internacionalismo y solidaridad. Como observó Alain Touraine, quien niega la izquierda y la derecha suele ser de derecha.

El efecto político es claro: si la nación es una unidad homogénea frente a enemigos externos, la alianza con una fracción de la burguesía local o una derecha «patriótica» se naturaliza. «Afuera, todos imperialistas; adentro, todos hermanos». El nacionalismo simplista sustituye la lucha de clases.

En estos debates, a menudo se evoca a José Carlos Mariátegui contra el marxismo de los países centrales. Su fórmula «ni calco ni copia» se repite como mantra para desconfiar de toda categoría no latinoamericana. Pero Mariátegui, más citado que leído, fue lo contrario a un pensador aislado. Analizó Perú en diálogo con lo mejor del marxismo y la cultura europea. Su originalidad no fue aislamiento, sino una apropiación cosmopolita y creadora. «Ni calco ni copia» significaba traducir críticamente, no encerrarse en la particularidad.

Antiimperialismo y lucha de clases no son alternativas. Algunos anulan el primero, reduciendo el mundo a capitalistas vs. trabajadores. Otros borran la segunda, convirtiendo la nación en una unidad sin antagonismos. Los primeros no distinguen entre potencia imperial y sociedad subordinada; los segundos subordinan a las clases populares a la burguesía local o derecha nacionalista en nombre del interés nacional.

La soberanía como promesa democrática: Malvinas y el futuro

Malvinas: símbolo de una soberanía nacional y popular incompleta

Malvinas es crucial porque condensa, en un país periférico, arraigadas aspiraciones de soberanía nacional y popular. Esta promesa excede la restitución territorial; incluye el control de recursos, la resistencia a presiones externas y la capacidad de autogobernar la vida colectiva sin tutelas imperiales. Estas son, precisamente, las dimensiones que un gobierno de extrema derecha, incondicionalmente alineado con Estados Unidos, pone en peligro.

Esto no hace progresiva toda reivindicación nacional. La cuestión nacional es un terreno en disputa, pudiendo adoptar formas militaristas, xenófobas o autoritarias, o ser instrumentalizada para fines reaccionarios, como en 1982 por la dictadura. Pero también puede convertirse en el lenguaje político de una demanda de emancipación democrática.

Este es el significado político de Malvinas en la Argentina contemporánea: expresa la percepción arraigada de una soberanía incompleta. Por eso, la bandera de los jugadores tras el partido con Inglaterra generó un consenso más amplio que cualquier gobierno, nombrando una experiencia histórica compartida.

Malvinas sobrevivió a la dictadura porque nunca le perteneció. La Junta intentó apropiarse de una causa que la precedía, pero no logró fijar su significado. Reducir el reclamo a la aventura militar de 1982 es, paradójicamente, aceptar que la dictadura pudo convertir Malvinas en patrimonio exclusivo de su nacionalismo reaccionario.

La tarea de una izquierda internacionalista no es abandonar este terreno, sino disputarlo. Debe ligar la soberanía nacional con la popular, el antiimperialismo con la lucha de clases, y el patriotismo democrático con la solidaridad entre los pueblos. Mientras existan relaciones imperialistas, la cuestión nacional seguirá siendo una forma fundamental de la lucha por la democracia y el socialismo.

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